Heinrich von Kleist escribió en 1810 uno de los ensayos más raros y más lindos que se hayan dedicado a un muñeco. En Sobre el teatro de marionetas sostiene, dicho rápido, que a veces las marionetas son artistas superiores a los humanos. La razón es incómoda: no piensan demasiado. No tienen ego, no se miran actuar, no se preocupan por quedar bien. Obedecen al peso, al impulso, a una física sin vanidad. Se nota que Kleist no conoció a José Luis Telecher, el hombre detrás de Carozo y Narizota.
O mejor: se nota que no conoció otra grandeza posible del títere. Porque si Kleist admiraba la marioneta por su gracia sin conciencia, es como si Telecher hubiera ido por otro lado: hacer que un muñeco se volviera inolvidable no por su perfección, sino por su carácter. Carozo y Narizota no fascinaban porque fueran puros, sino porque parecían vivos. Se interrumpían, se fastidiaban, se contradecían, se ofendían. No eran superiores al hombre por carecer de ego; eran memorables porque estaban llenos de una versión mínima, cómica y entrañable de vanidad y emociones que no podían ocultar.
Había, en todo caso, dos grandes especies en la vieja televisión infantil. Por un lado, los dormidores públicos: esas criaturas suaves, algo melosas, entre las que descollaba Topo Gigio, de Maria Perego pero también la Familia Pelotín y otros. No podemos dejar de nombrar el tucumanísimo Gumpy, de El Club de la Manzana de Diego Lobo que fue un fenómeno del que algunos todavía tienen carnet de afiliación y que merece una columna aparte.
En fin, creo que así se entienden mejor las criaturas de Telecher: nadie se dormiría con Carozo y Narizota. Por caso, Carozo arrancaba con su victimismo de perro sentimental: “¡Narizota, vos siempre me contradecís!”, “¡No es justo, no es justo!”, “¡Mirá lo que hiciste!”. Narizota, del otro lado, respondía con su fastidio irónico: “Ay, Carozo, qué pesado que sos”, “Vos siempre exagerás”, “Yo no dije eso”, “Dale, dale, seguí llorando nomás”. Ahí estaba todo. Uno empujaba y el otro pinchaba. Uno hacía drama y el otro lo dejaba solo con su drama. Se interrumpían, se acusaban mutuamente de cosas inventadas, competían por la atención del conductor, cantaban temas como “El rock de la prisión” y terminaban peleándose por quién desafinaba.
Del otro lado estaba Topo Gigio, pequeña estafa zoológica y traición lingüística perfectamente planificada. Se llamaba Topo, pero era ratón. O mejor: para nosotros era topo; para los italianos, ratón (“topolino”, “ratoncito”). Gigio fue, en ese sentido, el gran emblema de los dormidores públicos. Vistos desde hoy, todos estos personajes parecen criaturas de una civilización perdida. Carozo y Narizota no daban consejos ni recordaban obligaciones. No estaban ahí para educar. Estaban ahí para pelear, para molestar, para generar ruido. No cerraban el día: lo extendían. Eran los que hacían que el chico siguiera mirando tele un ratito más, porque la discusión entre ellos era más interesante que irse a dormir. Topo Gigio era lo opuesto. Llegaba para colaborar con el final. Recordaba las tareas pendientes, reforzaba las reglas de la casa, y se despedía con dulzura. Era el aliado de los padres, el que hacía aceptable la derrota, el que se repetía y amplificaba los ritos. El que decía: está bien, hoy terminó, mañana seguimos. Unos retrasaban la noche. El otro la hacía posible.
Telecher no hacía muñecos lindos, sino reales. Les daba caprichos, cambios de humor, arranques, celos, esa pequeña desprolijidad del carácter. Se le notaba la mano sosteniendo no sólo el muñeco, sino también el temperamento, y eso, lejos de arruinar la magia, la volvía más digna. Titiritero de alma, Telecher se mantuvo siempre detrás de sus criaturas. No buscó robarles escena. Fue célebre la única vez que apareció detrás de uno de ellos a instancias de Sofovich en 1989. Y fueron sus criaturas (Carozo, Narizota y Pompín, otro tema) quienes décadas después lo despidieron, llamándolo su creador y padre.
La pantalla de antes alojaba rarezas, toleraba la impaciencia de Carozo y Narizota y enviaba criaturas a negociar con el sueño de los niños. Heinrich von Kleist admiraba a las marionetas porque carecían de vanidad, y eso no es cierto en general. Pero en un aspecto quizá sí respecto de las de esta vieja televisión argentina. Nosotros las quisimos también porque, al mandarnos “a la ca-mi-ta”, mostraban que la magia de los personajes no radicaba en una presencia insistente sino que la clave era la intermitencia: aparecían y se iban. No tenían técnicas de captura ni vocación de repetición infinita. Sabían hacer una cosa que hoy casi nadie sabe: entrar y retirarse a tiempo. Esa fue la simple fórmula que usaron para perdurar en nuestra memoria.